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Internacional

Mexicanos de segunda ante la justicia calderonista

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Federación de Logias Mexicanas

Comunicado 110224-01

COMUNICADO DE PRENSA

Mexicanos de segunda ante la justicia calderonista

“Detienen a criminal ante la sorpresiva visita de Calderón a E. U.”: Chalita Zarur

Ciudad de México, 24 de feb.- Celebró la Federación de Logias Mexicanas la rápida solución del asesinato de un agente estadounidense en México, y cuestionó la supuesta eficiencia ante el sorpresivo anuncio de la Casa Blanca de la “visita” del señor Felipe Calderón el 3 de marzo.


El presidente nacional de la Federación de Logias Mexicanas, Jaime Chalita Zarur, observó que se dejó en evidencia que los mexicanos somos ciudadanos de segunda en nuestra propia patria, ante la rápida acción de la justicia cuando se trata de un estadounidense.

“Más de 35 mil mexicanos asesinados permanecen en lista de espera de la justicia mexicana, más de 11 mil inmigrantes centro y sudamericanos tampoco encuentran respuesta a sus justos y legítimos reclamos para frenar la poderosa y floreciente industria del secuestro en México, contrastó el dirigente liberal.

Recordó que el ONG Amnistía Internacional denunció que inmediatamente después a un operativo para detener indocumentados, de agentes del Instituto Nacional de Migración, de la Secretaría de Gobernación, aparecen hombres armados que los secuestran para extorsionarlos, violarlos e incluso, asesinarlos.

La respuesta oficial a las masacres de mexicanos o de inmigrantes, siempre es la misma fórmula mágica de atribuirlo al crimen organizado, principalmente al cartel de los Zetas y, curiosamente, los detenidos como supuestos a reales asesinos del agente estadounidense Jaime Zapata, se dijo que eran sicarios de ese cartel del narcotráfico.

Preguntó Chalita Zarur: ¿Por qué en ese caso si se encontraron a los presuntos criminales y en el de mexicanos, centro y sudamericanos no pueden localizarlos? Con otra interrogante: ¿Por qué fue el ejército mexicano y no las corporaciones policiacas? Independientemente de la respuesta, queda en evidencia la supuesta eficiencia.

Además, antes de que se diese a conocer la detención de los imputados del asesinato del estadounidense, se dio a conocer en la Casa Blanca la sorpresiva “visita” que hará el 3 de marzo el señor Calderón al presidente de Estados Unidos, lo que recuerda que en política, la forma es fondo.

Hay algo más grave, dijo, y es la presencia y actuación de agentes armados de los Estados Unidos en México, sin que exista información sobre la base de esa presencia y el discreto, por llamarle de alguna forma, silencio de la Cámara de Senadores, garante de la política exterior mexicana.

Fraternalmente

Mario Luis Altuzar Suárez

Vocero de la Federación de Logias Masónicas

 

Last Updated on Sunday, 27 February 2011 13:52
 

Opus Dei La Cruzada Silenciosa

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Last Updated on Friday, 12 November 2010 09:45
 

CARTA DEL HIJO DE PABLO ESCOBAR GAVIRIA

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Hijo del más importante narco colombiano, cuenta su vida.

Sebastián Marroquín reflexiona sobre lo que vivió al lado de su padre, Pablo Escobar Gaviria; “siento una profunda amargura de que México esté repitiendo casi literalmente esta historia”, dice.

El hijo del narcotraficante colombiano decidió tomar un camino diferente al de su padre.

"El primer coche bomba de Colombia explotó en mi casa", recuerda Sebastián.

El 10 de diciembre se estrenó en Colombia el documental "Pecados de mi padre", dirigido por Nicolás Entel (a México llegará en 2010). Es la primera vez que, tras 15 años de exilio en Argentina, acepté romper mi silencio y contar mi vida junto a mi padre, Pablo Escobar, el más importante narcotraficante colombiano de los últimos tiempos.

 

Son muchas las razones que tuve para salir ahora a la luz pública. Con mi  largo silencio quise mostrar mi respeto absoluto a las víctimas de mi padre, a todo mi país. Aproveché este largo tiempo para poder encontrarme a mí  mismo como persona, en busca de una propia identidad y sabiendo que nada crece bajo la sombra de un gran árbol como la de mi progenitor. Elegí y  decidí, humildemente, reinventarme como ser humano y estudié dos carreras universitarias: soy arquitecto y diseñador industrial. Me preparé por años para la construcción de sueños, no para la destrucción.

 

Con dolor he aprendido a separar al padre del Pablo Escobar que recuerda la mayoría. Jamás podría renunciar al amor que como hijo le profeso, pues además lo recuerdo siendo un padre que me cantaba las canciones de Topo Gigio y me inventaba cuentos para dormirme, me enseñó a jugar al futbol, a montar en bicicleta, en moto y hasta en elefante. Me enseñó a ser un hombre  de palabra, decía que la palabra era un contrato. Lo acompañaba a los barrios marginales a donar decenas de canchas de futbol y polideportivos, vi cómo crecía su proyecto de construir 5,000 viviendas equipadas para regalarle a estas familias que vivían en el basurero municipal de Medellín y restaurar así la dignidad de las clases que nos negamos a reconocer aún hoy en la sociedad. Fue además un gran maestro de lo que no debemos hacer y es  así como lo recuerdo a diario frente al espejo, debatiéndome en un duelo permanente de sentimientos explosivos y contradictorios que estoy obligado a enfrentar, buscando encontrar un equilibrio y una paz que respete la dignidad de todos sin excepción.

 

No es fácil, aprendí que el odio mantiene a muchos atados al pasado, y perpetúa infinitamente el dolor generado por el victimario hasta enfermarnos de violencia.

 

Por ello busqué una reconciliación y un perdón público ante los hijos de las víctimas más prominentes de mi padre, Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán. Un Ministro de Justicia que se atrevió a denunciar públicamente la  infiltración del narcotráfico en la vida política de Colombia, y un líder reformista seguro ganador de las elecciones presidenciales de 1990.

 

Además de ellos pido aún hoy perdón a cada uno de los 44 millones de colombianos víctimas de la violencia generada por mi padre. Es una larga lista, que tristemente no excluye a nadie: policías, jueces, políticos, periodistas, narcotraficantes y cientos de inocentes transeúntes que ni siquiera osaron enfrentarlo, pero que estuvieron en el lugar y el momento  incorrecto cuando explotaban sus bombas indiscriminadamente.

 

Como su familia, no nos fue ajena esa violencia ni logramos escapar de ella.

 

El primer coche bomba de la historia de Colombia explotó en mi hogar un 13 de enero de 1988 a las 05:13 horas. Allí nos encontrábamos con mi madre Victoria Eugenia, quien tenía 28 años, mi hermanita Manuela, con escasos  meses de edad, todavía no tenía ni siquiera la posibilidad de declararse inocente por no saber hablar aún. Yo tenía 11 años. Mi padre tenía para entonces un enorme poder económico y militar. Cuando vio la foto de la cuna donde dormía su hija durante la explosión que destruyó los vidrios de todas las viviendas de Medellín en un kilómetro a la redonda, enloqueció de violencia y respondió con ferocidad. Una sola bomba contra su familia lo hizo ordenar la explosión de más de 200 bombas por todo el país hasta casi lograr la claudicación de todos los poderes del Estado frente al poder del narcotráfico. Estábamos todos ciegos y aturdidos en ese ambiente hostil.

 

Aprendí que la vida es un búmeran, que los actos violentos generan una violencia cada vez mayor y desenfrenada, llevándonos hacia una espiral inconmensurable de maldad que luego es imposible detener, salvo por nuestra propia e íntima voluntad. Así corren aún hoy en Colombia ríos de sangre que tiñen de odio, maldad, tristeza y desazón a la sociedad. Solemos olvidar la historia, y por ello es que siempre se repite, pues insultamos así el precioso legado de las experiencias de la vida. Colombia ya era violenta antes del nacimiento de Pablo Emilio Escobar Gaviria.

 

La carta más difícil que escribí en mi vida fue para los hijos de aquellos líderes que prometían rescatar el país y que murieron junto a la esperanza de muchos. Allí les dije a sus hijos en la misiva enviada a principios de 2008 que “Comprendo que nací en un ambiente fértil para la violencia, pero el legado de nacer en un ambiente tan hostil no podría ser otro distinto al de la búsqueda de la paz. No quiero repetir la historia”. Recordé que “mi padre con su violencia obligó a muchas familias a exiliarse, principalmente a las suyas, ignorando que con ello se estaba también gestando subrepticiamente el exilio de sus seres más queridos”. Quiero tener un hijo, pero no le dejaré por ello un testamento de violencia.

 

Tengo el honor de estar casado con una mujer mexicana, que tiene un coraje que haría palidecer a cualquier guerrero, parafraseando a Gandhi. Ella me ha enseñado mucho sobre esas lindas y sabias tierras. Me ha acompañado en los más pétreos caminos. Es mi gran amor y así también lo es México para mí.

 

Adoro las rancheras y me atrae el tequila. Pero me entristece ver lo que estoy observando desde el lejano Buenos Aires, pues se parece mucho a la primera parte del documental "Pecados de mi padre".

 

Siento una profunda amargura de que México esté repitiendo casi literalmente esta historia, aquella de la que tanto me cuesta aún hoy hacerme cargo.

 

Siento que la película que hoy están viviendo mis compadres mexicanos, es la misma que yo viví en Colombia exactamente en 1984, a mis siete años de edad, cuando mi padre decidió por cuenta propia mandar a asesinar al entonces ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (Q.E.P.D.).

 

De ahí en más, mi país vivió una violencia sin precedentes. Ese día mí familia se desmembró para siempre, mi padre pasó luego toda su vida en la clandestinidad, el hogar por él construido no existió más. Por eso me decidí a participar en este documental y a romper el silencio sepulcral que mantuve 16 años después de su muerte, porque he vivido en carne propia el horror de una violencia sin par que no quiero para Colombia, para México ni para ninguna nación del planeta. Fui testigo, al igual que mi país, de una guerra sin cuartel del narcotráfico contra el poder del Estado que no ganó nadie, pues sólo quedamos como mudos testigos los miles de huérfanos y viudas de todas las esferas de la sociedad. La violencia no discrimina.

 

Comprendí que aun en las más segregadas familias –como la nuestra– hay padres, hijos, hermanas, abuelos, etc. Ahí también hay sentimientos por encima de lo machos que pretendamos ser ante otros en la vida. Veo en mi esposa a diario el fiel reflejo del tesón del pueblo mexicano. Respeto la dignidad de cada persona y no distingo entre uniformes o nacionalidades, sólo veo a ciudadanos de la raza humana y a nadie más. Sólo veo a hombres con su voluntad de sobrevivir en un ambiente donde las oportunidades son escasas y donde el hambre abunda, así como los deseos de brindarle la mínima dignidad a nuestros seres más queridos. Algunos están dispuestos a matar para no vivir en la indigencia, pero no puede haber excusa válida para generar violencia hacia nuestros hermanos a costa de nuestras necesidades o ambiciones personales.

 

En Medellín, mi ciudad natal, la presencia de la arquitectura y el urbanismo aplicado desde el Estado ha comenzado a aportar ejemplos de exportación de estas ideas para el mundo como una esperanza de paz para brindar dignidad, seguridad, cultura y oportunidades a los más marginados.

 

Creo en la arquitectura como una herramienta capaz de transformar la realidad a partir de hechos arquitectónicos concretos. Es definitivamente una herramienta eficaz para la paz.

Por ello no me dedico a la política.

 

En nuestra vasta familia latinoamericana solemos heredar las virtudes y los pecados de nuestros padres, y es bajo esta excusa que vivimos por décadas enfrascados en unos círculos de violencia y venganzas generacionales que se repiten incesantemente. Yo no fui ajeno a esto, de hecho, al enterarme de la muerte de mi padre, a mis 16 años, caí en esos círculos y armado de ira e intenso dolor amenacé públicamente con matar a quienes habían dado muerte a mi padre.

 

Sin embargo, ahora agradezco a Dios que 10 minutos después me hizo reflexionar y transformar el odio para no perpetuar este aparente estilo de vida que –les aseguro– es más de sufrimientos y de persecuciones que de placer.

 

¿Un ejemplo? Un día la policía dispuso, sin saberlo, un control rutinario en alguna calle de la ciudad justo frente a la casa donde yo me escondía con mi padre. Ese control policial comenzó un domingo y duró siete días frente a nuestro escondite. Se nos terminaron los víveres y estábamos solos pero rodeados de millones de dólares. Aguantamos hambre mientras comprendí que el dinero del narcotráfico no servía para nada si no te podías comprar siquiera una libra de arroz con él.

 

La muerte de mi padre no afectó en absoluto el tráfico de drogas en el planeta, la violencia y las drogas ya estaban afincadas en Colombia y en el mundo antes de su nacimiento, y siguen lamentablemente estando aún hoy, hasta que elijamos perdonarnos unos a otros desde nuestras más íntimas fibras.

 

La guerra consume y derrocha inconmensurables recursos humanos y públicos. Distintos países y los enemigos de mi padre gastaron más de 3,000 millones de dólares para perseguirlo a él y su organización. Mi padre usó toda su fortuna para la guerra y para defender sus intereses, y lo que queda de ella está destruido por completo o en manos de las más diversas autoridades.

 

Miles de millones de dólares que podrían haber sido gastados para asegurar salud, educación y un futuro mejor y más digno para el pueblo colombiano.

 

La paz, en cambio, es gratis!, pues sólo se requiere de nuestra humana voluntad de hacerla.

 

Cuento de un astronauta mexicano

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SABINO BASTIDAS COLINAS 01/12/2009

Cuentan que en el año 2000, cuando el actual alcalde de Los Ángeles, Antonio Villarraigosa era un político en ascenso y Presidente de la Asamblea de California, fue invitado a cenar a casa del empresario mexicano Carlos Slim, se le pidió, como mexicano-estadounidense, que explicara en pocas palabras, la diferencia que había entre México y Estados Unidos.

Esto fue lo que contestó Villarraigosa: "Mire usted, es muy simple, si mi familia se hubiera quedado a vivir en México, el día de hoy yo estaría sirviendo esta cena."

Quizá hubiera sido el caso del astronauta José Hernández Moreno, quien nació el 7 de agosto de 1962 en French Camp, California. Es estadounidense. Sus padres originarios de un ranchito llamado Ticuitaco, cerca de La Piedad, Michoacán, México, migraron a Estados Unidos, como ilegales, para emplearse en la recolección del tomate y el pepino.

El propio José Hernández trabajaba todos los veranos en el campo. Él mismo recuerda como estaba limpiando con azadón una fila de remolacha azucarera, cuando escuchó en un radio de transistores la noticia de que Franklin Chang Díaz había sido seleccionado como astronauta y cómo esa noticia lo motivó y ese día dijo: "Yo quiero viajar al espacio."

José Hernández lo logró. Estudió ingeniería, alcanzó el grado de doctor, ingresó a la NASA , se preparó y por fin el 29 de agosto de 2009 despegó como parte de la tripulación del transbordador espacial Discovery, en una misión en la Estación Espacial Internacional.

Pero, ¿qué hubiera sido de José Hernández si su familia se hubiera quedado en México? Es claro que no habría alcanzado su sueño de volar al espacio. Tardaremos muchos lustros, antes de que México logre concretar su primera misión espacial. Apenas hoy se discute en el Congreso mexicano la posibilidad de crear una Agencia Espacial Mexicana.

Pero más que eso, los futuros posibles de José Hernández si se hubiera quedado en México están en la experiencia y en la estadística. Como tantos mexicanos pobres, campesinos, de Michoacán y de otros estados del país, le hubieran quedado pocas opciones y futuros muy limitados.

Difícilmente hubiera pasado de la primaria. Estadísticamente hubiera abandonado los estudios con la secundaria inconclusa y por supuesto su educación hubiera sido de muy mala calidad.

Quizá se hubiera quedado a sembrar su tierra, lo que le hubiera garantizado un futuro de miseria, con ingresos inferiores a los dos dólares al día.

Lo más probable es que, inquieto, hubiera emigrado a la ciudad. En ese escenario estadísticamente las mayores oportunidades a las que aspiraba José Hernández con la secundaria inconclusa, si es que conseguía trabajo, eran las de terminar con algún trabajo precario, como jardinero, mesero, quizá como obrero en una maquiladora, como trabajador de la construcción o quizá conduciendo un autobús.

Pero la familia de José Hernández no se quedó, emigró como tantas otras y le dio a su hijo la posibilidad de alcanzar un futuro totalmente distinto.

El contraste de ingresos y de oportunidades entre México y Estados Unidos es tan grande, que por eso México sigue y seguirá siendo por muchos años un país expulsor. Un país del que se han ido ya millones de personas. Para darnos una idea, según cifras oficiales, consideradas muy conservadoras por algunos expertos, hoy radican en Estados Unidos cerca de 12 millones de personas nacidas en México. Esto es, algo así como el 10% de la población total de México.

En 2007 migraron a Estados Unidos 478.000 personal. En 2008 migraron 450.000 y aunque las autoridades mexicanas esperan que la cifra sea un poco menor en 2009 como consecuencia de la crisis económica en Estados Unidos, la migración es un proceso constante.

El esplendido documental de Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman Los que se quedan, nos regala un gran fresco de esta realidad. El drama de los mexicanos que se quedan en las comunidades expulsoras de migrantes. Los contrastes de ingresos, las diferencias, la soledad, la incertidumbre, la miseria, pero sobre todo la falta de oportunidades.

Es con esta realidad de fondo y en esta condición, en la que entra el absurdo, la contradicción y la vergüenza. Es aquí donde aparece la incongruencia que enoja, que debe enojar, cuando el gobierno y los políticos mexicanos tratan de convertir a la historia de José Hernández en un cuento de orgullo nacional.

Es aquí donde aparece el cuento del astronauta mexicano. Donde nos inventan la historia de superación personal de un mexicano, como si fuera de verdad un logro nacional.

En cuanto apareció en el radar la historia del astronauta José Hernández, de inmediato se activaron todas las maquinarias de la propaganda y el marketing gubernamentales. En el cuartel de todos los partidos políticos, del Congreso de la Unión y del Ejecutivo Federal se movilizaron de inmediato las agendas y los medios para tratar de capitalizar al máximo al supuesto astronauta mexicano.

El objetivo: convertir a José Hernández en orgullo nacional. Es obvio, ante la falta de triunfos reales, cualquier gol de la selección nacional, cualquier medalla, cualquier premio de literatura es bueno para tratar de levantar un poco el ánimo y la moral nacional caídos en un país en crisis, complicado y muy emproblemado.

El presidente personalmente paseó a José Hernández por el país. Inmediatamente todos los medios se ocuparon del tema. José Hernández se convirtió en súper estrella. Entrevistas en los medios. Toda una gira de Estado. Visita al Congreso. Homenajes. Los políticos querían retratarse con él.. Regalos, las llaves de la ciudad, plaza con su nombre y sobre todo discursos, muchos discursos. Discursos que hablaban una y otra vez del orgullo nacional, de la superación personal y de la capacidad de los mexicanos.

Pero la realidad es otra muy distinta. Aunque nos duela, José Hernández no es un orgullo nacional. Su historia de éxito no es nuestra historia de éxito y menos una historia de la que pueda sentirse orgulloso nuestro gobierno o nuestra clase política.

No es un problema de nacionalidades. José Hernández es estadounidenses y tiene raíces mexicanas, tiene acceso a la nacionalidad mexicana, por derecho de sangre, y él mismo se identifica mucho con nuestra cultura. Pero ese no es el debate.

José Hernández puede ser mexicano, pero la historia del astronauta José Hernández es totalmente estadounidense. El logro de llevar a un jornalero agrícola pobre al espacio, es una historia de movilidad social en los Estados Unidos. El mérito es de otro sistema. José Hernández se hizo en otro país, con otras políticas públicas, con otro gobierno y con otras leyes.

La verdadera imagen de José Hernández es la fotografía de un hombre con una bandera con estrellas y barras en el hombro. Su bandera como astronauta. La bandera de su logro. En todas las imágenes vimos a un miembro de la fuerza aérea estadounidense, enfundado en su uniforme azul, portando con orgullo la bandera del país que le dio la oportunidad de tener la educación de calidad, la salud, las condiciones y el ambiente de libertad necesarios, para alcanzar sus metas.

Inventar el cuento del astronauta mexicano por parte del gobierno, es como robar un pedacito de gloria. Mendigar triunfos ajenos. Usurpar éxitos imposibles, en un país que no atina el rumbo para convertirse en serio en un México ganador.

El Presidente de México Felipe Calderón dijo en uno de los homenajes: "la brillante historia de vida de José Hernández es y debe ser un ejemplo para los mexicanos." ¿Lo dice en serio? ¿Cuál es el ejemplo Señor Presidente? ¿Irse? ¿Nacer en Estados Unidos? ¿Migrar? ¿Qué las familias mexicanas migren a tiempo? ¿Hacerse norteamericano? ¿Buscar allá las oportunidades que no se tienen aquí?

La historia de éxito de personal de José Hernández, es al mismo tiempo la historia del fracaso de la política económica, de la política social y de la política exterior del gobierno mexicano. Es la historia del fracaso de éste y de varios gobiernos mexicanos.

Su historia debería darle vergüenza a una clase política incapaz de ponerse de acuerdo y de generar un proyecto de nación para los millones de José Hernández que están repartidos por todo el país, y que no quieren ser astronautas, millones de mexicanos a quienes sólo les bastaría con poder comer, con tener un mínimo de salud, un piso que no sea de tierra o saber leer y escribir.

José Hernández es la historia moderna de Benito Juárez. Uno llega a la presidencia, el otro llega al espacio. Ambas son historias de éxito. Historias de superación personal. Iconos. Ejemplos. Pedagogía pura. Historia de bronce. Los dos comparten esa historia de movilidad social, que tanto nos gusta a los seres humanos. Es el cuento de la cenicienta. Es la pobreza superada, es la miseria transitada. Es el éxito a pesar de la adversidad.

Pero la de Juárez es una historia mexicana del siglo XIX. La de José Hernández es una historia norteamericana del siglo XXI.

José Hernández dijo en una entrevista: "Lo que me sorprendió mucho es cuando vi al mundo como uno: no había fronteras, no se podía distinguir entre Estados Unidos y México", pero lo cierto es que sí existen las fronteras. Su familia cruzó una de ellas de manera ilegal. Lo cierto es que sí existen las banderas y las diferencias. Sí existe una frontera que hace a dos países muy distintos.

La lección es muy clara: si José Hernández se hubiera quedado en México, quizá hoy estaría sirviendo la cena. 
Last Updated on Wednesday, 27 January 2010 23:18
 

Luz y Fuerza

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En la siguiente pagina podran darle seguimiento a todo el mitote asociado a Luz Y Fuerza y su disolucion:

http://www.sme1914.org/

 

Vamos Mexico! No hay que aguantar los pisotones de los derechos fundamentales de los trabajadores de esta nacion!

 
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